Sílex Vol. 15, Nº 2, julio - diciembre 2025 pp. 131-146
e-ISSN: 2789-2816 | p-ISSN: 2310-4244
https://doi.org/10.53870/silex.2025152379
Fecha de recepción: 08/10/2024
Fecha de aprobacion: 19/05/2025

Universidad, autoconocimiento y ciudadanía.
Reflexiones en clave personal

University, self-knowledge and citizenship.
Reflections in a personal key

Ricardo L. Falla Carrillo

Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Lima, Perú.

ORCID: https://orcid.org/0000-0002-7892-0232

Contacto: ricardo.falla@uarm.pe

Resumen

La experiencia del autoconocimiento en el entorno académico y su impacto político se enriquecen en diálogo con diversos conocimientos. Este proceso no solo facilita un viaje interior hacia un saber específico, sino también influye en el ejercicio profesional, lo que permite una comprensión crítica de los problemas sociales y sus desafíos. Se resalta cómo la incorporación de categorías existenciales y conceptuales fomenta el escrutinio personal, y ayuda a descubrir nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo.

Palabras claves: Universidad; Saberes; Autoconocimiento; Política; Ciudadanía.

Abstract

The experience of self-knowledge in the academic environment and its political impact is enriched through dialogue with diverse knowledge. This process not only facilitates an inner journey towards specific know-how but also influences professional practice, allowing for a critical understanding of social problems and their challenges. It highlights how the incorporation of existential and conceptual categories fosters personal scrutiny, helping to discover our identity and our place in the world

Keywords: University; Knowledge; Self-knowledge; Politics; Citizenship.

Introducción

En este ensayo se intenta responder a una inquietud personal, relacionada con el ejercicio del autoconocimiento al interior del espacio universitario, y de qué manera se proyecta hacia la esfera política. Nuestra conciencia aprende a examinarse en la medida que hace suya un conjunto de nociones fundamentales, adquiridas a partir del contacto con diversos saberes teóricos, afectivos e instrumentales. Según sea el caso, estos conocimientos propician un desplazamiento interior, cuyo objetivo es llegar a poseer un saber hacer determinado, que tiene efectos en el ejercicio profesional. Sin embargo, habilita a comprender críticamente los problemas de la sociedad, sus características y retos.

Incorporar vitalmente ciertas categorías existenciales y conceptuales propicia el escrutinio personal, pues permiten elaborar el lexicón básico que ayuda a descubrir a las personas quiénes son y cuál es su lugar en el vasto mundo humano. Para ello, esta exposición se centra en tres apartados, en el que se unen la reflexión filosófica con algunas derivas hacia la historia intelectual y a la sociología del conocimiento.

Conocerse a sí mismo. La misión crítica de las humanidades

Cuando se indaga sobre la finalidad de las humanidades, se intenta responder su significadosentido, esencialmente, como conocerse a sí mismo. Es decir, gracias al ejercicio crítico de la razón, el despliegue de la imaginación y la educación de los sentimientos, es posible emprender, con mejores medios, la importante tarea vital de llegar a saber quiénes somos, tanto en el plano personal como en otros ámbitos. La posesión de este saber es ciertamente limitado, pero necesario por muchas razones. Sobre todo, porque reconociendo nuestra naturaleza podremos vislumbrar hacia dónde nos dirigimos.

En la civilización greco-mediterránea, cuando aún no existía culturalmente Europa, concretamente en la polis de Atenas, siglo V AC, las condiciones culturales, políticas y sociales de dicha ciudad estado, propiciaron que la indagación reflexiva se dirija hacia el ser humano (Farrington, 2020). Este viraje hacia nuestros asuntos, fue conocido como el “giro hacia el humanismo”. Se dio al interior de la ilustración ateniense (Guthrie, 1988), y tuvo repercusiones en la filosofía, la práctica política, la literatura, el teatro y las artes plásticas. El movimiento intelectual hacia lo humano debe haber sido uno de los mayores hitos de la historia, pues el ser humano, como categoría conceptual, empezó a ser objeto de indagación. En ese contexto, se dio origen a tres disciplinas filosóficas fundamentales: la ética, la filosofía política y la teoría del conocimiento (Farrington, 2007).

La célebre sentencia “conócete a ti mismo”, cuya autoría se desconoce, evidencia ese giro hacia lo humano. Sobre la misma, se sabe que dicha frase se encontraba en el templo oracular de Delfos. Además, se puede interpretar del siguiente modo: todo aquel que quisiera conocer lo que el futuro le deparaba, debía, en primer lugar, tener en claro quién era. De hecho, entrever el futuro puntual es imposible si aquella mente está fuera sí o se encuentra alejada de sí misma. Fuera de uno mismo, no se vislumbra ningún porvenir.

Al concentrarse un individuo en el sentido profundo de “conócete a ti mismo” y extrapolarlo hacia el ámbito universitario, se dará cuenta de que el cultivo del autoconocimiento se desenvuelve a partir de la materia que ofrecen las humanidades. En efecto, la filosofía, la historia, la literatura, las artes y las diversas disciplinas sociales proporcionan las bases críticas y afectivas para conocernos. Enseñan en palabras, nociones e imágenes de diverso origen, que permiten convertir en objeto de examen las vidas de las personas. En suma, proporcionan un vocabulario básico que precisa el conocimiento personal. En ese sentido, el pensador italiano Nuccio Ordine (2014) reflexiona sobre el valor intrínseco del saber humanista, que muchas veces es adjetivado como “inútil” por perspectivas instrumentales de la educación:

Existen saberes que son fines por sí mismos y que —precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial— pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad. En este contexto, considero útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores (p. 9).

Aquel “cultivo del espíritu”, que superficialmente es considerado “inútil”, conduce a tener más elementos para el conocimiento de sí mismo. Desde este saber personal, se debe situar en un contexto comunitario, que también es temporal. Esto se debe a que se emerge de un medio en el cual hay tradiciones, costumbres, prácticas culturales y normas morales que le dan cauce a la personalidad. Igualmente, esta dimensión contextual, se entronca con los procesos de creación y de edificación histórica; de ahí que el saber implica tener en cuenta la historicidad de una determinada comunidad, y de los individuos que la habitan.

En opinión de Gadamer (1999), “ser histórico quiere decir no agotarse nunca en el saberse” (p. 372). Es decir, no podremos concluir completamente el conocimiento sobre las personas y del espacio humano, porque se está expuesto a indefinidas interpretaciones, las mismas que se renuevan de generación en generación. Al ser la historia un proceso dinámico y abierto, el entendimiento de ella está en constante evolución o recreación. Tomar conciencia de historicidad permite tener en cuenta que la tradición es un elemento fundamental de la identidad nacional. A través de las costumbres, los individuos se conectan con el pasado y heredan un conjunto de significados y valores que moldean la forma de ver el mundo.

La conciencia de historicidad es propia de la condición humana, que se reconoce fundamentalmente comunitaria. Se emerge a partir de relaciones sociales, como se evidencia en la tradición de reflexión ética que se inauguró con Aristóteles (1988) en su Política. De ahí que resulte imposible reconocer al ser humano al margen de la comunidad en la cual se forma en codependencia:

Así pues, es evidente que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios. En todos existe por naturaleza la tendencia hacia tal comunidad, pero el primero que la estableció fue causante de los mayores beneficios (p. 52).

Al cultivar las humanidades, los individuos humanizan —desde el tiempo y la comunidad— la comprensión de sí mismos, más allá de cualquier cuantificación instrumental. Aprenden a observar quiénes son, tomando en cuenta diversos planos de su existencia personal o comunitaria. De allí que minusvalorar a las humanidades ocasiona el olvido de quiénes sondel ser y conduce a la peor de las ignorancias: la imposibilidad del autoconocimiento. Además, si se carece del lenguaje para la autoexaminación, es muy difícil acceder al conocimiento de uno mismo. Al ser ignorantes de la naturaleza humana es muy difícil aprender de nuestros errores y, mucho más aún, de reconocer nuestros aciertos.

Universidad y autoconocimiento

En la actualidad se repite que la universidad es un lugar de adiestramiento profesional, en el cual los jóvenes aprenden una serie de saberes procedimentales que les permite ser parte del mundo productivo. De este modo, es posible asegurarse diversas cuotas de realización. Esta concepción limitada, si no es examinada con cuidado, puede resultar empobrecedora, pues desconoce otras dimensiones de la vida universitaria, como la existencial y la comunitaria.

En la perspectiva de la universidad adiestradora se reduce la formación universitaria a lo técnico profesional y, con ello, la posibilidad de que surja del contexto universitario un sujeto ciudadano consciente de sí mismo. Nuccio Ordine (2017), en otro de sus ensayos, critica los efectos de la lógica empresarial en el espacio académico, sobre todo, porque inhibe la formación del ser humano:

Privilegiar este aspecto «profesionalizador» significa perder por entero de vista la dimensión universal de la enseñanza. Reducir la formación educativa a la mera adquisición de un «oficio» acabaría por matar cualquier posibilidad de animar a los estudiantes a cultivar su espíritu de manera autónoma y a dar libre curso a su curiositas…Sacrificar a una meta el valor intrínseco de la experiencia misma de la aventura del conocimiento significa empobrecer nuestro trayecto. ¿Quién no entiende que obligar a jovencísimos estudiantes a elegir una profesión ya antes de matricularse en las escuelas superiores, en nombre de programas escolares orientados hacia el mercado, acabará por matar cualquier posibilidad de animarlos al libre cultivo de sus intereses y de su curiositas? (p. 21 y 22).

La perspectiva empresarial de la educación elimina el despliegue de la curiosidad y de la búsqueda honesta del saber; de no lograrse, este objetivo prescinde la razón de ser la universidad. Por el contrario, la concepción responsable de la vida académica establece que, luego de ingresar a una universidad, se es parte de una comunidad de sentido, en la cual las aptitudes personales empiezan a extenderse, tras un complejo y enriquecedor proceso de aprendizaje que une teoría, investigación técnica y experiencia. El resultado de este camino será la posesión de un saber crítico, transformado en acción efectiva, que se desenvolverá en el mundo social. De allí la responsabilidad que recae en una comunidad universitaria, pues se trata de formar, de la mejor manera posible, al futuro poseedor de una profesión. Sobre todo, se debe considerar que la acción educativa tiene efectos sobre la colectividad, más allá de los deseos del profesional.

Como la vida universitaria es un camino, en esta ruta se aprende a partir del contacto intelectual y práctico con diversas materias y ciencias. La formación profesional es evaluada en una serie de pasos relevantes, cuyo final es la tesis que certifica el saber hacer. Sin embargo, en este proceso también se va constituyendo un interior, que se evalúa a sí mismo mientras transcurre el tiempo universitario. En la indagación íntima, el estudiante se pregunta hasta qué punto el saber será suficiente, durante qué tiempo podrá mantener la decisión profesional, o cómo será en el futuro ejerciendo esa profesión o si considerará realizado en el ejercicio laboral. Todas estas preguntas, y otras, son posibles porque la universidad es un espacio para el autoconocimiento.

Sin duda, una universidad seria y responsable será aquella que propicie los espacios del conocimiento interior, a partir de una serie de asignaturas que le permita al estudiante universitario indagar sobre su experiencia humana, tanto desde el plano crítico, la dimensión cultural y la dimensión temporal. En suma, a partir de las humanidades, de las ciencias disciplinarias (sociales, naturales y simbólicas) y las diversas maneras de ofrecerlas, estos objetivos suponen un reto curricular y económico. Sin embargo, desde una gestión inteligente de los currículos, es posible integrar la formación teórica (humanística y científica) con la profesional.

En una época en que las lógicas instrumentales han tenido una recepción positiva en el espacio universitario, los rankings utilitarios se centran en lo que es cuantificablemente medible. En este modelo no hay cómo ponderar las condiciones que una universidad crea para el autoconocimiento de sus alumnos. Esta visión limitada y empobrecedora desconoce un hecho esencial que es importante defender: la universidad es el espacio por excelencia en donde se descubre la vocación de vida, al interior de una comunidad y la comunidad universitaria. Por ello, cabe tener presente que la universidad es un espacio para que las personas puedan conocerse y aspirar con mayor realismo a vivir mejor. Sin duda no hay nada más desolador que un “profesional” incapaz de dar respuesta a la pregunta sobre los efectos de sus acciones en el ámbito social y cultural. Por todo esto, no se debe olvidar que la universidad está entroncada a la compleja red de interdependencias, de ahí su responsabilidad con el futuro de una sociedad, ya que posee una dimensión profundamente política. Más allá de la concepción universitaria que se proponga, una vez que el sujeto profesional ingresa a la sociedad sus acciones personales tendrán repercusiones en los diversos espacios de interacción colectiva.

Universidad, autoconocimiento y despertar político

La conciencia política emerge de un progresivo autoconocimiento, en el cual el sujeto se descubre a sí mismo al interior de una comunidad a la que asume como propia. En ese despertar paulatino de madurez cívica, las expectativas personales se integran con las necesidades colectivas y los objetivos comunes. Sin esta indagación a la propia personalidad, resulta difícil el despertar hacia lo político.

La célebre Carta VII de Platón es uno de sus textos más personales y penetrantes. En la misma, el gran pensador ateniense relata su despertar político, el mismo que le llevó a la desazón, a la crítica y, finalmente, a formular su poderosa teoría política: la unión entre el conocimiento filosófico y el ejercicio del poder. En un pasaje de este testimonio epistolar, Platón (1992) confiesa que

cuando era joven, sentí lo mismo que les pasa a otros muchos. Tenía la idea de dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis actos, y las circunstancias en que se me presentaba la situación de mi país (p. 486).

El despertar político de Platón se produjo en el contexto en el que Atenas había perdido una guerra contra Esparta y se cuestionaba la utilidad de la democracia, por lo que se instauró un interregno dirigido por un consejo de treinta tiranos. En un primer momento, el joven Platón se sintió entusiasmado por la prontitud con la que actuaba esta oligarquía de magistrados, tratando de identificar los fallos de la democracia. Sin embargo, una vez que su maestro Sócrates, “que fue el más justo de los hombres de su tiempo” (p. 487), fue condenado al destierro y sibilinamente conducido al suicidio, el autor de “el mito de la caverna” consideró que era fundamental entender qué se mueve detrás de las decisiones políticas: la imposición de una percepción que se considera a sí misma justa o la búsqueda de la verdad objetiva de la justicia.

Platón confiesa que el vértigo de malos gobiernos, la democracia y la posterior tiranía lo llevaron a distanciarse de la política activa. Más bien, le condujeron a pensar el mundo político desde la raíz, es decir, desde los supuestos más hondos de la condición humana, cuando se vive en sociedad. Para Platón, el individuo adquiere la condición de ciudadano maduro de la polis, tras un proceso de autoexaminación, en el cual cuestiona los prejuicios aprendidos sin crítica y busca, de forma honesta y rigurosa, la verdad para entender el espacio humano.

Las apreciaciones de Platón sugieren una serie de reflexiones derivadas. La emergencia de la conciencia política es posible porque en el interior de la persona se ha despertado el interés por entenderse a sí misma como sujeto que se integra a un todo. Esta conciencia política que brota del interior es fundamental para concebirse como ciudadano. De allí que la “construcción ciudadana” solo sea posible desde el despertar político fruto del autoconocimiento. La conciencia política surge de una suerte de “ciudanía interior”, esto es, la disposición personal a descubrir la magnitud de los que encuentra (o se juega) en la polis, y que se entronca con la “ciudadanía exterior”. Es decir, representa la disposición a ejercer desde diversos espacios públicos esa ciudadanía interior asumida conscientemente.

Como se observa, el conocimiento honesto no solo tiene una dimensión personal, sino también una dimensión política. En efecto, el hecho de ser personas conscientes al interior de una comunidad, es posible entender objetivamente la magnitud de los retos que enfrenta la sociedad. De allí las diversas interrogantes que surgen tras el despertar político sean las siguientes: ¿cuál es nuestro lugar en la sociedad? ¿De qué forma podemos vivir mejor? ¿Qué problemas afectan a la comunidad? ¿Cuáles son las causas objetivas de los pesares de la sociedad? ¿Hasta qué punto los ciudadanos están en condiciones de entender críticamente los retos comunes? ¿Hasta dónde la sociedad está influenciada por prejuicios, estereotipos y percepciones no contrastadas con la verdad objetiva? ¿Qué consecuencias origina seguir dependiendo de las percepciones ajenas a la sociedad? En suma, estos cuestionamientos tienden a procurar una vida mejor para todos. Por consiguiente, al igual que todos los individuos asisten a un nacimiento natural, hay otro tipo de “nacimiento”: el nacimiento a lo político. Este implica reconocerse como uno en un mundo de otros, con los cuales se debe convivir asumiendo la complejidad de esa convivencia.

Como se indicó líneas arriba, en la misma Carta VII, Platón repitió aquello que se reiteró en varias de sus obras: el ejercicio del poder político debe estar en manos de “filósofos”. Sin embargo, esta importante aseveración debe ser bien contextualizada, pues no se trata de una mera “epistocracia” (como dicen algunos de sus críticos). Para el discípulo de Sócrates, la filosofía no es un instrumento de poder, sino una forma de vivir, centrada en la búsqueda objetiva de la verdad y de la justicia. Como señala Platón (1992):

Me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen a ser filósofos (p. 488).

Motivado por estas reflexiones, Platón fundó lo que podría denominarse la primera universidad de la historia: la Academia de Atenas. En ella, según el ideal platónico se deberían formar los gobernantes filósofos. Lo interesante de esta apuesta educativa fue poner en el centro del ejercicio práctico del poder al conocimiento. Por otro lado, desde la sociología del saber, es importante rescatar que la Academia de Platón surgió del diálogo con su época, como las otras dos grandes aventuras de la historia de las universidades: la universidad escolástica, nacida en seno de la cristiandad medieval; y la universidad moderna, surgida tras los efectos culturales de la revolución científica, de la Ilustración y de las dos primeras revoluciones industriales.

Es más que evidente, desde hace aproximadamente medio siglo, la crisis que experimenta la universidad surgida de la ciencia moderna, de la Ilustración y sus derivas científico industriales. La universidad moderna aún se desarrolló sobre la preminencia de la sociedad política. En cambio, en una época en donde la sociedad comercial ha eclipsado a la sociedad política, la universidad vive los efectos de dicha hegemonía tanto en el espacio interno como en el espacio externo a sí misma.

La sociedad comercial, como descubrió en su momento Adam Smith (2011), se cimienta sobre indefinidos intercambios ocasionados por el interés y la utilidad particular. Esto explica su eficacia para el incremento de la productividad y la “riqueza de las naciones”. La búsqueda de beneficios económicos tiene sentido lógico en el mundo de la producción de objetos, pues se precisa inversión para movilizar el engranaje productivo. Sin embargo, ¿es posible extrapolar las relaciones de interés de la sociedad comercial al ámbito político y al espacio del conocimiento? Y, si es así, ¿cuál son sus efectos en el ámbito de lo público, en la formación de personas y en la creación del saber? Estas preguntas y otras surgen desde la constatación fáctica acerca de la hegemonía de la sociedad comercial sobre la sociedad política, tal como entrevió en su momento Karl Polanyi (2017). De acuerdo con el autor, permitir que la lógica utilitaria del mercado invada los espacios social, cultural y político implicaría la destrucción de la misma sociedad. Esto se debe a que el orden social se sostiene por disposiciones políticas que toman en cuenta la complejidad de la trama humana. En cambio, las decisiones generadas por el mercado están motivadas los efectos del beneficio particular. Mientras la sociedad política aspira a congregar, la sociedad comercial incide en la atomización.

En diálogo con la realidad, nuestras universidades están llamadas a reconocer su sentido y ser más allá de la sociedad comercial de nuestros días. Si el mercado (importante para la generación de bienes) subordina a la universidad a su lógica rentista, termina pervirtiendo al ethos académico. La universidad, convertida en una unidad de producción de profesionales y de investigación avalada por empresas editoriales multinacionales, reduce sus fines a la utilidad funcional, lo cual limita la formación de ciudadanos críticos, responsables del quehacer social de su profesión. Lo más grave es que reduce la elaboración de conocimientos forjados desde la libertad de creación intelectual. En suma, si la universidad se comporta o se admite como una empresa, no podrá formar la conciencia política del ciudadano profesional.

Por ello, este apartado tiene como idea central la posibilidad de la conciencia política de haber “vuelto a nacer” desde el más honesto autoconocimiento. El escrutinio interior, que se extiende hacia lo exterior, es el que le otorga razón de ser a la educación en humanidades y en ciencias teóricas, pues le ofrece al sujeto universitario el léxico para el autoconocimiento. Este vocabulario, claramente conceptual, permite orientarle en la mar de experiencias posibles, sobre todo, la experiencia que lo conduce a la ciudadanía consciente.

Reinhart Koselleck (2012), al referirse al lugar que ocupan los conceptos en la organización de las experiencias, comparte la siguiente reflexión a fin de ponderar el valor cognitivo que posee la posesión conceptual:

Se necesitan conceptos para poder tener o acumular experiencias e incorporarlas vitalmente. Son necesarios para fijar las experiencias, que se diluyen, para saber qué sucedió y para conservar el pasado en nuestro lenguaje. Los conceptos son, por tanto, necesarios para integrar las experiencias pasadas tanto en nuestro lenguaje como en nuestro comportamiento. Solo cuando esta integración se ha llevado a cabo, se es capaz de comprender lo acontecido y puede que se esté en posición de enfrentar sea los retos del pasado… Asimismo será capaz de comunicar posteriormente lo que ha acontecido o de narrar la historia de las propias experiencias (p. 29).

Desde la perspectiva de Koselleck y sus observaciones, los conceptos permiten convertir las experiencias en conocimientos que pueden ser narrados. Por ello, si al sujeto en formación universitaria se les sustrae las nociones fundamentales para entender e involucrase con el ámbito público, difícilmente podrá emerger de él una conciencia política. De allí que sea esencial enfrentar los peligros de una educación que socava la dimensión conceptual. Si se descuida la adquisición crítica de los conceptos, difícilmente se podrá comprender nuestra condición histórica y todo lo que ello conlleva, como la pertenencia a una tradición histórica distintiva. Sin conceptos fundamentales la conciencia histórica no surge.

El papa Francisco (2020) alertó de los peligros que ocasiona la desaparición de la conciencia de historicidad en el plano de la formación educativa, cuando reflexiona en los siguientes términos:

Por eso mismo se alienta también una pérdida del sentido de la historia que disgrega todavía más. Se advierte la penetración cultural de una especie de “deconstruccionismo”, donde la libertad humana pretende construirlo todo desde cero. Deja en pie únicamente la necesidad de consumir sin límites y la acentuación de muchas formas de individualismo sin contenidos…Un modo eficaz de licuar la conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos de integración es vaciar de sentido o manipular las grandes palabras. ¿Qué significan hoy algunas expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad? Han sido manoseadas y desfiguradas para utilizarlas como instrumento de dominación, como títulos vacíos de contenido que pueden servir para justificar cualquier acción (secciones 13 y 14).

La desaparición del horizonte histórico en la formación del sujeto acarrea, como consecuencia inmediata, la imposibilidad de la emergencia de la conciencia política. En efecto, sin la capacidad de comprender el interior del proceso temporal de una comunidad, difícilmente las personas podrán orientarse e involucrarse en los problemas de su colectividad. Por ello, la universidad auténticamente humanista permite el despertar político desde la inducción a un conjunto de saberes sostenidos en la filosofía, la historia, las letras, las artes y las ciencias sociales, cuyo objetivo es desarrollar una visión integral de la realidad. Estos conocimientos, evidenciados en los planos conceptual y afectivo, no consienten que las conciencias “deambulen por la vida” sin contenido, incapaces de comprender la profundidad de lo humano.

Por esta razón, las humanidades, en su plano crítico, proporcionan el léxico del autoconocimiento y de la conciencia política en el ámbito universitario. Además, esta gnosis de lo público ayuda a subordinar la esfera económica a los fines ético-sociales. Asimismo, resulta fundamental, para cualquier renovación social y cultural, que la universidad no esté sometida a la utilidad exclusivamente económica. Cuando esto ocurre, la comunidad universitaria desaparece, de deliberación crítica sucumbe a lo que el empresario educativo establece. Más grave aún, el léxico para la problematización de lo público carece de su sentido emancipador, pues, simplemente, no se le deja surgir y crecer. La universidad es uno de los espacios políticos fundamentales. Olvidar esta dimensión ocasiona más perjuicios sociales de lo que habitualmente se considera. Como bien escribió en su momento Luis Alberto Sánchez (1950), “la universidad no es una isla”.

Referencias Bibliográficas

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